La delgada línea entre víctimas y victimarios de la guerra contra el narcotráfico en México

México declaró la guerra a las drogas hace quince años, pero el país aún debe reflexionar sobre los factores que llevan a los narcotraficantes a ejercer la violencia y reconsiderar su estrategia para romper este largo ciclo de abuso, argumenta Karina García Reyes (Universidad de Bristol).

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(Nota de la editora: En este artículo se incluyen descripciones de violencia.)

En diciembre de 2006, el expresidente Felipe Calderón le declaró la guerra a las drogas pero quince años después la violencia ligada al narcotráfico sigue escalando de forma alarmante.

Según estudios recientes, México es el cuarto país en el mundo con el mayor índice de violencia. A pesar de que las últimas administraciones de Enrique Peña Nieto (2012-2018) y Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) han continuado la estrategia militar para combatir este fenómeno, no se han alcanzado los dos objetivos principales de esta guerra, que son disminuir el tráfico y reducir las cifras de homicidios, secuestros y desapariciones forzadas. México sigue siendo líder mundial en la producción y tráfico de drogas ilegales como heroína, marihuana, metanfetaminas y opioides sintéticos como el fentanilo.

Con estos datos, es evidente que la estrategia ha fracasado y de ahí que muchos propongan abandonar el paradigma prohibicionista y legalizar las drogas, un enfoque con el que estoy de acuerdo, aunque es una estrategia que no provee una solución mágica.  El narcotráfico es solo uno de los varios negocios del crimen organizado, pero este también se lucra con el tráfico de órganos y armas y la trata de personas, por lo que no podemos esperar una diminución dramática de la violencia en los países donde se concentren estos crímenes.

Pero la consideración más importante en países como México, es identificar las condiciones sistémicas que permiten que se reproduzca la violencia ligada al crimen organizado. De poco sirve sacar al ejército a las calles si hay un número significativo de niños y jóvenes que están dispuestos a remplazar a los caídos y morir en combate si es necesario. En este contexto, en vez de usar la violencia en contra de los perpetradores, es más relevante entender sus motivaciones, y diseñar políticas que interrumpan el ciclo de la violencia desde la raíz.

Mexican armed forces during operations in north easthern Mexico.
Fuerzas armadas mexicanas en un operativo en el noreste de México / Roberto Galán (Shutterstock.com)

Motivaciones para escoger la violencia como opción laboral 

¿Qué factores influyen para que los narcotraficantes consideren la opción de matar, secuestrar y/o torturar, como una opción laboral? Esta fue mi pregunta de investigación doctoral, y la abordé analizando 33 historias de vida de exnarcotraficantes después de entrevistarlos en el norte de México, entre octubre 2014 y enero 2015.

Al hacer el análisis identifiqué que los participantes contaban con tres características comunes. La mayoría fueron víctimas de violencia doméstica, maltrato y/o abuso infantil y violencia de pandillas, abandonaron la escuela, o fueron expulsados, antes de terminar la primaria, y tuvieron varios intentos de suicidio.

En mi libro titulado Morir es un alivio, me centro en doce de esas más de treinta historias y en él comparto con los lectores uno de los aprendizajes más importantes de mi investigación: el proceso de insensibilización de los perpetradores fue largo y doloroso. La mayoría de mis entrevistados fueron víctimas de una violencia atroz. El caso de Cholo (nombre ficticio) es uno de los que más me impactó. Cholo nació y creció en extrema pobreza, me contó que sus 14 hermanos y él casi mueren de hambre. Su padre era un hombre sumamente violento y alcohólico, que lo golpeaba a él, a su madre y a sus hermanos a diario. Para Cholo la vida era insoportable, y constantemente le cuestionaba a Dios: “¿por qué permitiste que viviera así´?”. Cuando Cholo era adolescente, harto de tanto sufrimiento, intentó matar a su padre, pero no pudo. En vez de acuchillarlo, para después “comérselo en caldo”, como tenía pensado, Cholo rompió en llanto y su padre lo golpeó hasta romperle las costillas. Esa vez, Cholo decidió denunciarlo, pero las autoridades locales lo ignoraron. Ese fue el momento en el que el joven dejó de confiar en las instituciones y un año después, encontró protección al ingresar a un conocido cartel de su ciudad. Siendo adulto, Cholo se convirtió en uno de los sicarios más violentos del norte de México: “Me gustaba ver la sangre, tumbarle los dientes, arrancarle el pelo con todo y cuero”.

A causa del abuso que sufrió, Ruperto considera que creció “con un complejo de inferioridad con resentimiento por la condición en la que nosotros vivíamos y mirar que otra gente si era feliz…”

La infancia de Ruperto (nombre ficticio) también fue difícil. No conoció a su padre, y su madre era muy violenta y en la entrevista recordó cómo “me golpeaba con cables de luz, me quemaba mis manos, me quemaba mis pies y me amarraba como si fuera un animalito a la pata de una cama con cadena”.  Ruperto vivió bajo estas condiciones hasta los 7 años, cuando su tío se dio cuenta de esta situación y se lo llevó a vivir con él. Para entonces ya lo habían expulsado de la primaria por comportamiento violento.  A causa del abuso que sufrió, Ruperto considera que creció “con un complejo de inferioridad con resentimiento por la condición en la que nosotros vivíamos y mirar que otra gente si era feliz…”. Ruperto también es consciente de que, aunque su tío no lo golpeaba, no fue una buena influencia. Se lo llevó para que le ayudara en su negocio ilegal de cultivo de cannabis, y así fue como desde niño Ruperto ingresó al narcotráfico. A los 12 años ya era adicto a la cocaína, y ya cometía actos violentos como parte del cartel. A los 18 se convirtió líder de su grupo, gracias a que se atrevía a cometer actos de violencia que otros no podían. En la entrevista reconoció que le gustaba infligir dolor a otras personas como forma de venganza por lo que había sufrido.

Comprender la violencia estructural  

Estas historias me ayudan a ilustrar tres puntos que considero son clave para entender la violencia en México.  Primero, la violencia de género y el abuso infantil se perpetúan por la violencia estructural, que es negligencia del Estado. Por medio de sus instituciones como las escuelas públicas y el DIF (Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia), las administraciones fracasan sistemáticamente en intervenir de manera oportuna y en prevenirlas 
 
Además, estas violencias consideradas “micro”, por ser producidas en espacios sociales como la casa, la escuela y el barrio, son la clave para entender cómo se sustentan las violencias “macro”, como la violencia del crimen organizado.  

La violencia del narcotráfico es la punta de un iceberg de violencia estructural / Karina García Reyes

 
Por últimoestas historias confirman que los criminales violentos no nacen, se hacen. Para explicar de manera gráfica cómo se sustenta la violencia del narcotráfico, uso el ejemplo de un iceberg. Hasta hoy, a través de la estrategia militar, los gobiernos sólo se han concentrado en atacar la punta del iceberg, ignorando las múltiples violencias y condiciones socioeconómicas que la hacen posible.  
 
Si las administraciones redirigen sus recursos para atender y prevenir las violencias de la base del iceberg, será posible romper con los ciclos de abuso y sufrimiento que permiten que siga habiendo mano de obra dispuesta a trabajar para el crimen organizado.  

Notas:
• Este artículo representa las opiniones de la autora y no del centro o de LSE
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• Encabezamiento: Pepe Rivera / (CC BY-NC-SA 2.0)

Source: blogs.lse.ac.uk

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